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Golpear el despertador, y erguirse, y tambalear rumbo al baño, y mirarse fijo al espejo, y notar

cómo las gotas de agua fría recorren la cara, y sorprenderse ante lo crecida que está la barba.

A ella no le gusta este, mi actual aspecto, pero eso ya no importa. A Ella sí. Espero.

Matan a un panadero, conmoción en las bolsas internacionales ante la caída del valor del

petróleo, se recupera milagrosamente el defensor central de cierto equipo, la sobrina de la tía

de la prima de tal noble es retratada por fotógrafos junto a su nuevo amante. La radio no me

informa: en la calle hace frío y llovizna y con este buzo simple tiemblo. Pero se acerca el

colectivo, un alivio.

Pago. El chofer comenta a los gritos el partido de ayer con un pasajero, que cómo el delantero

estrella no conectó de cabeza aquél tiro de esquina tan bien enviado, que qué fuerte fue la falta

contra el defensor central, que dónde se forman los árbitros ahora. Los vidrios de las

ventanillas aún se conservan empañados y trazo sobre ellos: ni su nombre, ni corazones, ni Su

nombre. Jamás. Líneas semirrectas, puntas de flecha, rectángulos, círculos. Lo atrapante de la

geometría. Estupideces.

Desciendo. Genial, no llueve. Contribuir con lo sucias que están las calles y las veredas no es

el mejor logro que consigo, pero me distingue. Sin dudas.

Señora no me mire así, no quebré ninguna ley.

- Se le cayó algo, joven.

Palpo los bolsillos traseros, primero, y delanteros, luego, del pantalón. Ubico las manos dentro

de los últimos mientras marcho. No entiendo. No deseo entender. Señora señala el boleto en el

piso, el que fue mi boleto, el único por ahora, el del viaje de los garabatos sobre los vidrios.

Ese.

- Maleducado de porquería.

Agáchese usted, haga ejercicio, le va a hacer bien, pienso, mientras la miro perplejo.

Juego con las monedas que se encuentran dentro de los bolsillos. Calculo la suma y me

arriesgo: dos con treinta y cinco. No acierto: son tres con quince. Perdiendo gano. Glorioso.

El vicio llama.

- Cigarrillos de veinte, box.

- Cinco.

Reviso la billetera: un papel de cien o dos de dos. Sumo una moneda a los últimos dos para

que el vendedor no se escandalice. Finalmente pierdo a secas.

Corro, no llego. Corro, sí llego. Viajo sentado, nuevamente. Dos colectivos para veintiséis

cuadras. Un desgaste de tiempo, aunque un ingreso en miradas. Veo que Morocha Teñida de

Rubia ya me sonríe. Ese pelo, rasgo falso de pertenencia.

Hoy nos saludamos.

- Hola.

- Buenos días.

- Buenos días.

- Buen viaje.

- Suerte.

- Nos vemos.

Puedo esforzarme un poco más, cierto. Pienso que suerte nada, que hola otra vez, que qué

linda voz tenés, que la verdad estás un poco desabrigada con esa musculosa, que menos mal

que llevás la campera aferrada a tu brazo y no vas a pasar frío, que a la noche te espero con la

comida lista, que traé algo para tomar, que portate bien, que no me engañes con tu supervisor.

Pero no es ni ella ni tampoco Ella. No quiero. Y querer es poder. O poder es querer. Da igual.

No entiendo qué carrera corre este chofer. ¿Se apresura porque sabe que soy dueño de la

empresa? ¿Que mi deber es estar presente lo más temprano posible? ¿Que siendo las 6:53 ya

estoy llegando 53 minutos después del comienzo de la jornada comercial?

Cuidado. La gente cruza. Mal, sí, pero cruza. Amarillo, rojo, no gire. Bueno, gire, pero no tan

cerrado. El espejo lateral de esa camioneta, rozando. No discuta con ese conductor, mire al

frente. Un camión. Al frente, un camión, por favor. Justo, preciso.

Desciendo. Las mismas baldosas flojas de siempre me obligan a realizar los mismos equilibrios

de siempre y me hacen escupir las mismas maldiciones de siempre. Timbre.

- ¿Quién es?

- Yo.

¿Quién más?

Category: Un Dia De Vida